> 1.- El cadáver
> 2.- Primeras pesquisas
5. EL CUÑADO DEL DIFUNTO.
Los cadalseños recobran la libertad
Después de las cinco de la tarde del domingo, 9 de agosto, estuvo el Juzgado practicando varias diligencias y tomando algunas declaraciones -entre otras a la propia viuda del difunto-, a las cuáles debió de conceder el Sr. Campo y Yagüe grandísima importancia, toda vez que desde aquel mismo momento el Juez imprimió tan inesperado cambio al proceso, que inmediatamente se apresuró a dictar auto de libertad en favor de los detenidos.
Enterado el Ministerio fiscal de la resolución del Juez, anunció que entablaría el correspondiente recurso, alzándose de lo acordado por el Sr. Campo y Yagüe, y fundándose para ello en que existían, según su criterio, indicios suficientes para dictar auto de procesamiento.
A la una y cuarto de la madrugada del lunes se notificó el auto a los detenidos preventivamente, los cuales fueron puestos inmediatamente en libertad.
El "San Isidro"
En las mencionadas declaraciones tomadas el domingo, concibió el Juez la sospecha de que fuese otro el autor del delito; y en su consecuencia, dictó al mismo tiempo que el auto de libertad referido, otro en el cual se ordenaba la detención inmediata de un sujeto llamado José Álvarez (a) el "San Isidro".
Muchos fueron los esfuerzos realizados para capturarle, si se tiene en cuenta que sólo se tenía noticias de su nombre, y que nadie había podido precisar en dónde trabajaba, comía y dormía el referido sujeto, al cual no se le conocía domicilio fijo.
Lo cierto de ello es que a las pocas horas de dictarse el auto, el "San Isidro" fue detenido en una taberna que hay al final de la calle de las Huertas, desde donde fue conducido al Juzgado.
Llamábase así el detenido, que representaba tener como de cuarenta y cinco a cincuenta años; estatura pequeña, más bien grueso que delgado; color moreno; ha tenido siempre la barba afeitada, con bigote grueso y bien poblado; vestía ordinariamente pantalón de pana, blusa azul y gorra negra.
Vivía desde hace un año próximamente en la misma casa en que fue detenido, a donde únicamente iba a dormir la noche que no tenía trabajo. Estuvo empleado en el mismo almacén de coches que el difunto, el de D. Julián Moreno, en donde no había vuelto a trabajar desde hace algo más de un año. Al ser despedido de este establecimiento, se dedicó a la venta de sardinas, que recibía de Santander.
Estaba casado con una hermana del muerto, de la cual vivía separado desde hace unos dos años. De este matrimonio tuvo un hijo, que tendrá catorce o quince años, el cual se dedica al oficio de guarnicionero. Este joven iba con alguna frecuencia a visitar a su padre a la taberna en que aquél se hospedaba.
Alguien concebía la sospecha de si este sujeto había tenido o tenía cierto género de relaciones con la mujer de su cuñado; dato este último que ha influyó mucho en el ánimo del Juez al decretar su detención.
Al ser detenido el José Álvarez, le fueron encontrados varios recortes de periódicos referentes todos ellos al crimen de la calle de la Sombrerería, circunstancia a la cual concedían en la Casa de los Canónigos gran importancia.
Adelaida Montes
A la vista del nuevo e inesperado giro de la investigación del crimen, un periodista de El Heraldo de Madrid se presentó el lunes por la tarde en el domicilio de la viuda del interfecto, con la cual tuvo el siguiente diálogo:
-¿Desde cuándo no ha visto usted al Juez?
-Desde ayer tarde, que me llamó para que ampliase mi declaración.
-¿Le preguntó a usted algo sobre si usted tenía sospechas de alguna otra persona?
-Sí, señor; pero yo le repetí lo mismo que le había dicho el primer día; es decir, que sólo sospechaba de una persona, y si ésa no ha sido, no sé quién pueda haber sido.
-¿No le preguntó a usted el Juez nada de si usted había tenido relaciones íntimas con ninguno de su familia, o si habían mediado resentimientos entre su esposo y un cuñado?
-El Juez no me ha dicho nada de eso; pero yo lo he oído leer en un periódico, y no sé cómo no me he vuelto loca de vergüenza. (Estas palabras las pronunció llorando amargamente).
-¿Sabe usted cómo se llama ese pariente a quien aluden en el periódico?
-No, señor; no sé quién podrá ser.
-¿Tampoco sabe usted quién es ése a quien han detenido?
-¿Cómo lo de he de saber, si el periódico no lo dice? Pero usted sí lo sabrá.
-No estoy seguro, pero creo que es José Álvarez, apodado el "San Isidro".
-¿Pero es ése el que ha matado a mi marido? ¿el "San Isidro"? ¿Está usted seguro?
-No se alarme usted, pues nosotros no sabemos nada, y el hecho de haber sido detenido nada significa. ¿Se trataban mucho el "San Isidro" y el marido de usted?
-Muy poco; casi nunca se veían.
-¿Y usted le veía con más frecuencia?
-Menos aún. Yo le veía siempre con mi marido.
Cabos sueltos
Al fiscal no le acababa de convencer que con la detención del "San Isidro" se disiparan las sospechas que recaían sobre el notario. Es cierto que había hechos en contra de aquél: guardaba los recortes de noticias de prensa sobre el crimen, su separación matrimonial de la hermana de Avilés y los rumores sobre una relación sentimental con la esposa de la víctima. Pero otros datos no coincidían con la apariencia del asesino que habían descrito los testigos: era de baja estatura, no gastaba barba y su forma de vestir era mucho más vulgar. Tenía razón.
(Continúa en 6.- La confesión)


1 comentarios:
Me sigue encantando, es un relato perfecto.
Lo del permiso, es para copiar, pegar y guardar en mis cosas de Cadalso.
Gracias Jose
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