viernes 17 de febrero de 2012

Festejos de toros en Cadalso: 1890

El periódico "El Heraldo de Madrid", de 27 de septiembre de 1890, en su sección Estafeta Taurina publica la reseña de la feria taurina de Cadalso de dicho año. que contó con tres festejos para un solo novillero, como era habitual por entonces.
"Por carta que nos dirigen desde Cadalso de los Vidrios sabemos que el matador de novillos Manuel Martínez Palacios, sustituyendo a José Gordón, Gordito, toreó en la mencionada localidad los pasados días 14, 15 y 16, siendo muy celebrado su toreo y premiadas con aplausos y orejas sus estocadas".
Es el primer nombre que conocemos (de momento) de torero que haya actuado en Cadalso: Manuel Martínez Palacios. En el Cossío solo figura un novillero con ese nombre, apodado "Mirlo", pero que empezó a torear después; concretamente por Andalucía en 1894, y que se presentó en Madrid en 1895 "resultando su valor de poco interés por la falta de valentía y conocimientos taurinos".Pero vamos, el Cossío tampoco es infalible.

Del diestro anunciado y sustituido, José Gordón "Gordito" (no confundir con el famosísimo Antonio Carmona), el Cossío dice que fue un matador de novillo cordobés, nacido en 1868 de familia acomodada y que dejó los estudios de bachilerato por su afición a los toros. Se presentó en Linares en 1889, y en Madrid dos años después, siendo contratado para varias corridas. Destacó por su valentía, pero, castigadísimo por los toros, se retiró a los pocos años.


Fuente: Base de datos de Miguel Moreno.

sábado 4 de febrero de 2012

El crimen de la calle de la Sombrerería: y 7. Crimen sin castigo

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7.- CRIMEN SIN CASTIGO

El juicio por el crimen de la calle de la Sombrerería se celebró los días 7 y 8 de marzo de 1892.

La vista ante el tribunal del Jurado dio comienzo a la una de la tarde del lunes 7 de marzo, en la sección proimera de la Audiencia, a pesar de corresponder a la segunda, por ser más a propósito este local.

Sostuvo la acusación el fiscal de la Audiencia de Madrid, Sr. Barnuevo, quien calificó el hecho como constitutivo de un delito de homicidio, apreciando una circunstancia atenuante.

De la defensa del único acusado, Juan Martín Moreno, se ocupó el reputado criminalista D. Mariano Muñoz Rivero, quien en su escrito de conclusiones provisionales, defendía que el procesado obró en defensa propia, sin tener intención de producir el daño causado y que fue provocado por la víctima, Juan Avilés,  cargador de los ómnibus de los ferrocarriles.

Después del sorteo de los individuos del Jurado y de la lectura de la prueba documental, declaró el procesado, quien manifestó tener 27 años de edad, de estado soltero, y recordar que el día del suceso Avilés le maltrató y pegó, sacando después una navaja y le tiró un viaje, por lo que él, defendiendo su vida, hizo uso de una navaja pequeña que tenía y que le causó la herida que ocasionó la muerte de aquél.

Prueba testifical
 
Acto seguido la prueba testifical. El representante del Ministerio público, Sr. Barnuevo, estuvo sumamente hábil en las preguntas que ha dirigido a los testigos, demostrando grandes conocimientos. El único testigo presencial, llamado Francisco García, recuerda que entre el procesado y el muerto hubo lucha; oyó decir a éste: «Quítele usted la navaja, que me va a matar». Los demás testigos que desfilaron ante el tribunal hicieron los mayores elogios de la conducta del procesado, pintando con los más duros y repulsivos, la vida y hechos del interfecto.

Prueba pericial

Los médicos forenses, en informe, expusieron que la herida de Avilés la recibió estando enfrente los dos combatientes y en lucha. Practicada la autopsia notaron en el cerebro del interfecto algunas perturbaciones a causa del alcoholismo.

Prueba documental

Leída la prueba documental, reducida a un certificado de buena conducta del procesado, se suspendió el juicio hasta el martes.

Informe de la acusación

La segunda sesión se desarrolló ante numerosa concurrencia. El deseo de oír al representante del ministerio público era grande por ser la vez primera en que informaba el Sr, Barnuevo en causa de alguna importancia, como es la que nos ocupa. Su informe, lleno de corrección y lleno de minuciosos detalles, fue oído con gran satisfacción por el público, que literalmente llenaba la sala. Terminó su elocuente informe, pidiendo al tribunal del Jurado un veredicto de culpabilidad para el procesado con objeto de que se cumpliese la ley para bien de la sociedad.

Conclusiones de la defensa

Acto seguido comenzó su oración forense el Sr. Muñoz y Rivero, defensor del procesado Juan Martín Moreno.

Visto para sentencia

Después hizo el resumen el presidente, señor Sanz, con gran imparcialidad, retirándose los individuos del Jurado a deliberar.

Pasada media hora, se leyó el citado veredicto en medio de la mayor expectación, siendo de inculpabilidad para el autor de la muerte de Juan Avilés.

En su consecuencia, el fiscal pidió pasase la causa del crimen de la calle de la Sombrerería a revisión de nuevo Jurado.

F I N

Casa de don Pedro de la Vega en Cadalso de los Vidrios

Don Pedro de la Vega falleció el de 23 de junio de 1907, a los 52 años
y fue enterrado en el Campo Santo de Cadalso de los Vidrios

viernes 3 de febrero de 2012

El crimen de la calle de la Sombrerería: 6.- La confesión

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6.- LA CONFESIÓN

Libertad para el San Isidro

El martes 11 le fue notificado oficialmente al fiscal don Luis María Mesa el auto de libertad de D. Pedro de la Vega Martínez, notario de Cadalso de los Vidrios. De acuerdo con el fiscal de la Audiencia, Sr. Lavín, que como se ha indicado delegó en el Sr. Mesa su intervención en la causa, dicho Sr. Mesa presentó el miércoles un recurso de alzada, considerando indebida la libertad del notario.

El mismo martes el Juez también puso en libertad a José Álvarez (a) el San Isidro, por la debilidad de los indicios en su contra. Desechada por el Juez la primitiva pista, y convencido ya su señoría de que la segunda no daba luz, el caso quedaba más envuelto en la sombra de lo que ya estaba la noche en que ocurrió el crimen

Ampliación de declaraciones

Por fin se pudo localizar al hombre que en un primer momento detuvo al autor del crimen en la calle Argumosa. Se trataba del Sr. García López, estudiante de farmacía  que trabajaba en la botica de la calle de la Sombrerería, quien corroboró las descripciones dadas por el dependiente de la tienda de ultramarinos, aunque no explicó convincentemente su silencio de días anteriores. En las primeras horas de la mañana del martes volvieron a declarar en  la Casa de Canónigos la viuda de Avilés y el estudiante, que fueron llamados para ampliar sus declaraciones ante el Fiscal Sr. Mesa, con objeto de aportar al sumario nuevos datos. La viuda del desgraciado Avilés realizaba gestiones necesarias para tomar parte en la causa.

Descubrimiento del autor del crimen.

Cuando ya se habían perdido todas las esperanzas de descubrir al verdadero autor de este crimen, concibió el celoso y perspicaz inspector Martínez, la sospecha de que pudiese ser autor de este delito un sujeto llamado Juan Martín Moreno, hijo del administrador de los coches de D. Julián Moreno, que fue quien acompañó a la víctima desde la estación del Mediodía hasta la calle de Argumosa, según él mismo declaró al ser interrogado por el Juez, a quien manifestó que no se apercibió de nada ni tuvo conocimiento de lo ocurrido hasta que al día siguiente se enteró de la noticia por los periódicos.

El miércoles por la mañana el inspector puso en conocimiento del Juez la sospecha que había concebido. El Juez, en vista de esto, examinó la causa, y teniendo a la vista la declaración prestada por el sujeto sospechoso, encomendó la detención de éste a D. Rafael Martínez y a D. Isidro García.

El Fiscal, Sr. Mesa, se ofreció a acompañar a D. Rafael Martínez y a D. Isidro García, dirigiéndose todos juntos a la estación del Mediodía, en donde lograron encontrar al sujeto en cuestión a las diez de la noche. Juan Martín Moreno, de unos treinta años, era de estatura regular y de aspecto simpático y distinguido.

Inmediatamente se le interrogó sobre el traje que llevaba puesto la noche en que ocurrió el crimen; se le condujo a la Delegación. Ya en la Delegación, sus negativas fueron rotundas. Se le encerró en un cuarto de aquella oficina, y el fiscal y los dos agentes que habían procedido a su captura fueron a la casa de la novia de Martín, y ésta les dijo que la noche del crimen no fue a verla su novio, pero que sabía que aquel día llevaba un traje negro y un sombrero hongo. Estas señas coincidían precisamente con las que los testigos dieron del agresor Después estuvieron en casa de éste, en la calle de San Cosme 18, y allí encontraron una americana negra con una mancha de sangre y una rasgadura como hecha por una navaja.

Con estos antecedentes, y a pesar de que el detenido seguía negando, los Sres. Mesa, Martínez y García le acosaron con tan hábiles preguntas, que el presunto criminal se puso tan nervioso y tan abatido, que aun cuando él no se hubiese confesado autor del delito, le denunciaba ya de un modo indudable su agitación, que hizo necesaria la presencia del médico. A partir de este momento ya no cupo la menor duda a ninguno de los presentes de que Juan Martín Moreno era el verdadero autor de la muerte de Avilés.

El fiscal, señor Mesa, mandó llamar al boticario de la calle de la Sombrerería, que vio huir al matador, y que lo reconoció. Verificóse un careo entre ellos, y el boticario afirmó que Juan Martín era el autor del homicidio. Un médico de la Casa de Socorro, llamado también por el Señor Mesa, reconoció al detenido y certificó su agitación violenta y la posibilidad de que los arañazos que tenía fueran inferidos en riña con otro.

La confesión del crimen.

Juan Martín Moreno no pudo resistir más aquel cúmulo de acusaciones y de pruebas, y se levantó de la butaca donde le había hecho sentar el señor Mesa, exclamando: ¡Sí, señor fiscal! Yo soy el matador! Al concluir estas palabras cayó sobre la butaca, vertiendo abundantes lágrimas.

El detenido explicó en estos o parecidos términos cómo ocurrió el crimen:

Encontrábase Avilés durmiendo en el interior del coche cuando llegó el tren, y yo me acerqué a despertarle, a cuyo efecto le toqué con la mano en el hombro, dicie´ndole que tenía los Siete Durmientes. Levantóse de mal humor, y tuvimos algunas palabras. Por desgracia, no recogimos ningún viajero (de otro modo quizás no hubiese ocurrido nada) y nos marchamos juntos en el mismo coche.

Bajamos juntos en la Ronda, y, al llegar a un puesto de agua, le dije que me convidase a un refresco de cebada, a lo cual me replicó: “Otra noche será; pero esta noche, no, porque hace mucho fresco”.

Seguimos andando, y poco antes de llegar a la calle de Argumosa me paró y me dijo: “Oiga usted, señor Juan: otra vez que tenga usted que llamarme, hágalo con mejores modos”.

-Yo no acostumbro a faltar a nadie –le contesté.

-Pues usted me ha faltado esta noche; y si otra vez volviese a faltarme del mismo modo, le juro que… (aquí una frase injuriosa) y me dio de bofetadas. Entonces saqué una navaja y le amenacé; Avilés sacó otra y me agredió.

-Yo entonces cegué y no vi… De lo que pasó aquella noche no me llegué a formar cabal idea hasta que le vi el día siguiente, antes de que le enterrasen.

-¿De modo, que usted asistió al entierro? le preguntó el Juez.

-Sí, señor: al día siguiente fui dos o tres veces a la casa del muerto, porque no sabía lo que me pasaba y creía que, viéndole, lo iba a resucitar. Después asistí al entierro, y antes de que se le enterrase, le vi dos o tres veces en la caja, porque no podía convencerme del mal tan grande que le había causado.

-¿Recuerda usted si le detuvieron momentos después del crimen en la calle de Argumosa?

-Sí, señor; pero yo no sé lo que dije: sólo recuerdo que, el que me soltó, me aconsejó que fuese al paso para no infundir sospechas. Así lo hice, y me marché por la calle del Salitre a la de Valencia, hasta la calle de San Cosme, núm. 18, segundo, en donde vivo. De lo ocurrido no he contado nada a nadie hasta este momento.

Juan Martín era alto, delgado, moreno, con bigote pero sin barba. Llevaba traje de chaqueta y sombrero negro cuando cometió el delito. Estudiaba o se preparaba para la carrera de medicina.

Estas circunstancias y los reconocimientos hechos por algunos testigos, fueron la causa de que se le confundiese con el Notario de Cadalso de los Vidrios, quien nunca se vería suficientemente indemnizado de las molestias, disgustos y torturas que debío de sufrir sufrido viéndose acusado injustamente de tan enorme delito.

Ingreso en prisión

Después de confirmar su declaración ante el Juez Sr. Campo y Yagüe cuanto ya había manifestado anteriormente, el detenido fue conducido el jueves por la mañana a la Cárcel Modelo, juntamente con el auto de procesamiento.

Para mayor celeridad en la terminación del sumario, el Señor Juez, a quien debe rendirse justo tributo a su celo e inteligencia, pidió al Director de la Cárcel que le remitiese la filiación del procesado, con objeto de unirla al sumario, el cual se remitirá probablemente a la Audiencia pasado mañana.

El viernes 14, convicto y confeso el autor del crimen, se elevó la causa a la Audiencia, dándose por concluido el sumario.

Firma de don Pedro de la Vega en la hoja de liquidación parcial.
 Sociedad de fábrica de vidrio. Julio de 1887

Repercusión en la prensa

La Época:

«El fiscal Sr. Lavín, ha llamado al Sr. Mesa, felicitándole calurosamente por su buen servicio. La Sala de Gobierno propondrá al joven fiscal para un juzgado, en premio a su trabajo. La felicitación es extensiva al juez Sr. Campo Yagüe y a los dos agentes, que merecen también, como el Sr. Mesa, una recompensa».

«De la instrucción de este sumario quedará siempre –aparte de las muestras de verdadero celo y actividad que han dado el Juez instructor y el fiscal –un recuerdo amargo: el de la terrible acusación lanzada contra el notario de Cadalso de los Vidrios, que le retuvo tres mortales días en la Cárcel-Modelo, así como a su convecino el señor Abad. D. Pedro de la Vega, como otros periódicos han manifestado, es, en efecto, persona de muy honrosos antecedentes. Conociéndole con anterioridad, no era posible haberle creído nunca autor de tan horrible crimen, ni aún en los días en que las circunstancias parecían serle más adversas. Hoy, la tranquilidad ha podido volver por completo a su ánimo; pero ¿cuándo se borrará de su memoria la espantosa imagen de las torturas pasadas?»

La República:

«Los novelescos detalles de este crimen; la prisión del notario y del concejal de Cadalso de los Vidrios; el auto de libertad; la apelación del fiscal especial; la prisión del cuñado del muerto, y el misterio mayor a cada instante que iba envolviendo el hecho, habían llegado a excitar la curiosidad del público, que lo consideraba poco menos que como uno de esos crímenes que se desarrollan en los folletines franceses. Verdaderamente, es una decepción la que ha ocasionado el saber que se trata de uno de los más vulgares sucesos, y que el autor no gasta levita, ni es más que un compañero del muerto».

Escritura autorizada por don Pedro de la Vega. 1885

jueves 2 de febrero de 2012

El crimen de la calle de la Sombrerería: 5.- El cuñado del difunto

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Los cadalseños recobran la libertad

Después de las cinco de la tarde del domingo, 9 de agosto, estuvo el Juzgado practicando varias diligencias y tomando algunas declaraciones -entre otras a la propia viuda del difunto-, a las cuáles debió de conceder el Sr. Campo y Yagüe grandísima importancia, toda vez que desde aquel mismo momento el Juez imprimió tan inesperado cambio al proceso, que inmediatamente se apresuró a dictar auto de libertad en favor de los detenidos.

Enterado el Ministerio fiscal de la resolución del Juez, anunció que entablaría el correspondiente recurso, alzándose de lo acordado por el Sr. Campo y Yagüe, y fundándose para ello en que existían, según su criterio, indicios suficientes para dictar auto de procesamiento.

A la una y cuarto de la madrugada del lunes se notificó el auto a los detenidos preventivamente, los cuales fueron puestos inmediatamente en libertad.

El "San Isidro"

En las mencionadas declaraciones tomadas el domingo, concibió el Juez la sospecha de que fuese otro el autor del delito; y en su consecuencia, dictó al mismo tiempo que el auto de libertad referido, otro en el cual se ordenaba la detención inmediata de un sujeto llamado José Álvarez (a) el "San Isidro".

Muchos fueron los esfuerzos realizados para capturarle, si se tiene en cuenta que sólo se tenía noticias de su nombre, y que nadie había podido precisar en dónde trabajaba, comía y dormía el referido sujeto, al cual no se le conocía domicilio fijo.

Lo cierto de ello es que a las pocas horas de dictarse el auto, el "San Isidro" fue detenido en una taberna que hay al final de la calle de las Huertas, desde donde fue conducido al Juzgado.

Llamábase así el detenido, que representaba tener como de cuarenta y cinco a cincuenta años; estatura pequeña, más bien grueso que delgado; color moreno; ha tenido siempre la barba afeitada, con bigote grueso y bien poblado; vestía ordinariamente pantalón de pana, blusa azul y gorra negra.

Vivía desde hace un año próximamente en la misma casa en que fue detenido, a donde únicamente iba a dormir la noche que no tenía trabajo. Estuvo empleado en el mismo almacén de coches que el difunto, el de D. Julián Moreno, en donde no había vuelto a trabajar desde hace algo más de un año. Al ser despedido de este establecimiento, se dedicó a la venta de sardinas, que recibía de Santander.

Estaba casado con una hermana del muerto, de la cual vivía separado desde hace unos dos años. De este matrimonio tuvo un hijo, que tendrá catorce o quince años, el cual se dedica al oficio de guarnicionero. Este joven iba con alguna frecuencia a visitar a su padre a la taberna en que aquél se hospedaba.

Alguien concebía la sospecha de si este sujeto había tenido o tenía cierto género de relaciones con la mujer de su cuñado; dato este último que ha influyó mucho en el ánimo del Juez  al decretar su detención.

Al ser detenido el José Álvarez, le fueron encontrados varios recortes de periódicos referentes todos ellos al crimen de la calle de la Sombrerería, circunstancia a la cual concedían en la Casa de los Canónigos gran importancia.

Adelaida Montes

A la vista del nuevo e inesperado giro de la investigación del crimen, un periodista de El Heraldo de Madrid se presentó el lunes por la tarde en el domicilio de la viuda del interfecto, con la cual tuvo el siguiente diálogo:
-¿Desde cuándo no ha visto usted al Juez?
-Desde ayer tarde, que me llamó para que ampliase mi declaración.
-¿Le preguntó a usted algo sobre si usted tenía sospechas de alguna otra persona?
-Sí, señor; pero yo le repetí lo mismo que le había dicho el primer día; es decir, que sólo sospechaba de una persona, y si ésa no ha sido, no sé quién pueda haber sido.
-¿No le preguntó a usted el Juez nada de si usted había tenido relaciones íntimas con ninguno de su familia, o si habían mediado resentimientos entre su esposo y un cuñado?
-El Juez no me ha dicho nada de eso; pero yo lo he oído leer en un periódico, y no sé cómo no me he vuelto loca de vergüenza. (Estas palabras las pronunció llorando amargamente).
-¿Sabe usted cómo se llama ese pariente a quien aluden en el periódico?
-No, señor; no sé quién podrá ser.
-¿Tampoco sabe usted quién es ése a quien han detenido?
-¿Cómo lo de he de saber, si el periódico no lo dice? Pero usted  sí lo sabrá.
-No estoy seguro, pero creo que es José Álvarez, apodado el "San Isidro".
-¿Pero es ése el que ha matado a mi marido? ¿el "San Isidro"? ¿Está usted seguro?
-No se alarme usted, pues nosotros no sabemos nada, y el hecho de haber sido detenido nada significa. ¿Se trataban mucho el "San Isidro" y el marido de usted?
-Muy poco; casi nunca se veían.
-¿Y usted le veía con más frecuencia?
-Menos aún. Yo le veía siempre con mi marido.


Cabos sueltos

Al fiscal no le acababa de convencer que con la detención del "San Isidro" se disiparan las sospechas que recaían sobre el notario. Es cierto que había hechos en contra de aquél: guardaba los recortes de noticias de prensa sobre el crimen, su separación matrimonial de la hermana de Avilés y los rumores sobre una relación sentimental con la esposa de la víctima. Pero otros datos no coincidían con la apariencia del asesino que habían descrito los testigos: era de baja estatura, no gastaba barba y su forma de vestir era mucho más vulgar. Tenía razón.

(Continúa en 6.- La confesión)

miércoles 1 de febrero de 2012

El crimen de la calle de la Sombrerería: 4.- Nuevas líneas de investigación

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4. NUEVAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN.

El Juez de instrucción, Sr. Campo y Yagüe, que era juez municipal del distrito de la Inclusa, en sustitución del titular, don Mariano Fonseca López Vinuesa, prosiguió el viernes impulsando la instrucción de la causa, con la colaboración de dos activos agentes de la policía judicial: D. Rafael Martínez (quien en su historial contaba con el brillante descubrimiento de los autores de un famoso robo de 25.000 duros del Banco de España) y D. Isidro García.

Seguía sin identificarse al sujeto que había detenido al autor de la muerte de Avilés en el mismo lugar del crimen, y no se alcanzaba a saber a qué atribuir su obstinado silencio y misteriosa desaparición.

En la cabeza del juez revoloteaba la duda de si el notario era el verdadero homicida, mas todas las pistas apuntaban hacia su autoría. En efecto, había sostenido una discusión con la víctima y su apariencia y vestuario coincidían con la descripción que habían hecho los testigos, si bien el dependiente de la tienda de ultramarinos no lo había reconocido con plena certeza. Todo ello le llevó a decretar el ingreso en prisión de los dos detenidos.

Ingreso en la Cárcel Modelo

En cumplimiento de dicha orden, el notario D. Pedro de la Vega Martín fue conducido a las siete y media del viernes, por los alguaciles del juzgado del Sur, Sres. García (don Mariano) y Montenegro, a la moderna Cárcel Modelo, en la Moncloa. Horas más tarde, también Ceferino Abad, amigo del notario y vecino de Cadalso, ingresó en la prisión celular, como también se la conocía, puesto que cada preso disponía de una celda individual

Imagen tomada de la página urbancidades.wordpress.com/

Actuaciones policiales

Desde las ocho de la tarde hasta las dos de la madrugada el juez y los agentes estuvieron trabajando en la delegación de vigilancia del distrito del Hospital, ya que no se descartaban nuevas líneas de investigación. Por ello, se decidió ampliar la investigación en su lugar de trabajo, en su círculo de familiares y en Lavapiés. No puede olvidarse que los testigos oyeron decir al autor que eran cosas de familia. Y tampoco podía descartarse que Avilés tuviera enemigos en las tabernas de su barrio, pues la autopsia evidenciaba que era alcohólico y algunos vecinos contradecían aquellas versiones de su buena conducta oídas en un primer momento por el Juez de guardia, como suele ser habitual cuando sobreviene una muerte inesperada.

No obstante, los indicios sobre el notario se robustecieron con una nueva prueba. El policía judicial Sr. Martínez interrogó al mozo del café donde el Sr. de la Vega dijo que había pasado la noche, pero contestó que sólo recordaba que el notario había estado a encargarle que si le preguntaban manifestase que, en efecto, había pasado la noche en el café.

Un sábado tranquilo

Dado que no se había conseguido nada en concreto respecto al crimen, el presidente de la Audiencia determinó, el sábado 8, nombrar fiscal para esta causa. A su vez, el fiscal de la Audiencia, Sr. Lavín delegó en D. Luis María Mesa para que le representase en la instrucción de este sumario.

El Sr. Mesa, en el momento de hacerse cargo y después de enterarse de la causa, acordó la práctica de algunas diligencias, entre las que se incluyó el careo del notario con cuatro testigos, algunos de los cuales aseguran que ni vieron ni se enteraron del crimen.

Repercusión en Cadalso de los Vidrios

Las noticias de la detención de don Pedro de la Vega fueron el centro de las conversaciones en las posadas de la Cava Baja, en cuyo nº 15 estaba la estación de diligencias a Villa del Prado y Cadalso.

En Cadalso de los Vidrios fue enorme la consternación de sus vecinos por las detenciones del notario y del concejal. Don Francisco García promovió la iniciativa de dirigir una atenta carta al gobernador civil, manifestándole las simpatías y prestigio que en aquella localidad tenían los dos detenidos. No en vano, don Francisco era cuñado de D. Pedro de la Vega, y tenía en Ceferino Abad un hombre de confianza al que incluso se le encargaba el cobro de cantidades adeudadas a la fábrica de vidrio que dicho don Francisco, su hermano Eugeniodon Joaquín Colino y el propio Pedro de la Vega tenían en Cadalso. Como en 1887, cuando Ceferino Abad fue a cobrar 2.484 pesetas a la estación de Mediodía. La carta de apoyo fue firmada por muchos vecinos, en su mayoría contribuyentes.

Un nuevo e inesperado sospechoso

Los dos agentes de la policía judicial, en el curso de sus investigaciones, dieron con una pista que trasladaron en la mañana del domingo 9 al Sr. Juez de instrucción, con objeto de que se tomasen nuevas declaraciones y se decretase la detención de un nuevo sospechoso.

(Continúa en 5.- El cuñado del difunto.)

martes 31 de enero de 2012

El crimen de la calle de la Sombrerería: 3.- El notario de Cadalso de los Vidrios

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3. EL NOTARIO DE CADALSO DE LOS VIDRIOS.

A mediodía del jueves 6 de agosto, un hombre de elevada estatura, pelo peinado hacía atrás, barba poblada, entre castaña y negra, y color moreno salía de la casa de huéspedes "La Perla Asturiana", sita en la Plaza de Santa Cruz. Vestía chaquet y chaleco negros, pantalón oscuro, sombrero hongo flexible, color café claro, y guardapolvo del mismo color. Caminaba apresuradamente con dirección a la plazuela de Santiago. Entró en la sede de la Diputación Provincial, se identificó como Pedro de la Vega, notario de Cadalso de los Vidrios y pidió ser recibido urgentemente por el Sr. La Presilla, Presidente de la misma, a quien conocía.

Una vez en el despacho, puso los hechos en conocimiento del Presidente de la Diputación, de los que manifestó haberse enterado por la prensa, y consciente de la gravedad de las sospechas que sobre él recaían, rogaba que lo presentase al Gobernador civil.
 
Accedió a ello el Sr. La Presilla, y ambos fueron juntos al cercano Gobierno Civil, en donde D. Pedro de la Vega contó al señor Marqués de Viana el disgusto que había recibido al verse aludido en un crimen de tal naturaleza, protestando una y mil veces de su inocencia y prometiendo demostrarla ante el juez con citas, hechos y testigos irrecusables.
 
El Señor Gobernador, teniendo en cuenta que D. Pedro de la Vega se había presentado espontáneamente al tener conocimiento de los cargos que contra él se dirigían, la calidad de la persona que le había presentado y la refutación que el interesado había hecho de aquellos cargos, mandó que se tomase nota de su domicilio y que se le dejase en libertad, poniendo todo lo hecho en conocimiento del juez instructor.

Detención del notario

El Juez de instrucción del Sur, Sr. Campo y Yagüe, competente en el caso, había ordenado a primera hora de la mañana la localización de don Pedro de la Vega. Enterado de que el notario había estado en el gobierno civil y que se le había dejado en libertad, llegó a dicho centro dispuesto a investigar lo ocurrido. Allí le entregaron la tarjeta que el señor de la Vega había dejado al gobernador, con las señas de su domicilio. Un inspector fue a las doce y cuarto a la casa de huéspedes de la Plaza de Santa Cruz, titulada “La Perla Asturiana” donde detuvo al notario, que no opuso mayor resistencia, y lo condujo al Juzgado de guardia, en donde prestó declaración.

Foto actual del Hostal "La Perla Asturiana"

Al ser interrogado por el Juez dijo lo mismo que ya había manifestado a los señores Presidente de la Diputación y Gobernador civil. La declaración duró cinco horas, y el notario insistió que le sería muy fácil probar su inocencia con las deposiciones de varios individuos que le acompañaban la noche que se cometió el crimen, y que saben que se hallaba en una café a la hora precisa de ser cometido. El Juez ordenó que se localizasen a todas esas personas para comparecer ante el juzgado a declarar.

Rueda de reconocimiento

A la declaración del detenido siguieron otras varias de escasísima importancia, que no arrojaron ninguna luz para el esclarecimiento del delito, pero seguía sin aparecer el sujeto que detuvo al criminal en la calle de Argumosa, asunto realmente importante, toda vez que de esto dependía en gran parte el castigo del verdadero criminal o de un inocente.

En el Juzgado se volvió a presentar el dependiente de la tienda de ultramarinos de la calle Argumosa, quien insistió una vez más en que sólo vio al criminal por la espalda y a unos ocho metros de distancia. Vicente Alonso, abrumado por las preguntas del Juez, dijo, con acento que revelaba gran sinceridad:
-Mire usted, señor Juez: si yo hubiera detenido al criminal y lo hubiera soltado, lo diría; porque yo no tenía obligación de cogerle; pero repito que yo no le detuve ni lo vi cara a cara. Vi que otro hombre lo detuvo; le oí decir que eran asuntos de familia, y cuando el otro le soltó, yo me volví a mi tienda.

El Juez, en vista de esto, preguntó a Vicente Alonso:
-Si usted viese al hombre que cometió el crimen, ¿le conocería usted?

A esto contestó Vicente Alonso:
-Si me lo presentan por la espalda, yo no podré decir con toda seguridad: éste es; pero sí sabré decir si se parece o no al que vi correr después del crimen.

Con muy buen acuerdo, el Juez ordenó que se practicase la diligencia del reconocimiento.

Retiróse Vicente Alonso del despacho del Juez, y por una escalera interior subió el acusado, a quien se colocó puesto de espaldas, con la cabeza inclinada hacia el suelo, confundido entre cuatro hombres de igual estatura, y volvió a penetrar el testigo, designando sin titubear al acusado.

-¿Está usted bien seguro de que es ése? –preguntó el Juez.

-Estoy seguro que ese hombre se parece al que vi después del crimen; pero no sé si fue ése el que lo cometió.

Nuevamente se repitió la prueba, después de hacerles cambiar los trajes, y Vicente Alonso designó siempre al acusado, repitiendo después de cada reconocimiento las mismas salvedades que hizo después del primero.

Prueba auditiva

Aun cuando Vicente Alonso había dicho ya al Juez que no recordaba el timbre de voz del criminal, el Juez ordenó que el acusado repitiese en las galerías: ¡Dejadme, dejadme por favor, que son cosas de familia!

Repitióse esta prueba dos veces, y el testigo no pudo distinguir la voz del acusado, limitándose a decir que ninguna de aquellas voces se parecía a la voz agitada con que el criminal habló momento después de cometido el delito.

Segunda detención
El Juez ordenó posteriormente la detención de un sujeto llamado Ceferino Abad, de cuarenta años, casado, natural de Cadalso de los Vidrios, donde tenía una tienda y desempeñaba el cargo de concejal del Ayuntamiento. Este individuo fue uno de los señalados por el notario como persona que le acompañaba la noche de autos. El Juez sospecha que sea la segunda persona que algunos testigos señalaron.

La detención de ambos fue elevada a prisión incomunicada en la sede judicial de la Casa de los Canónigos, sita en la plaza de Las Salesas.

Autopsia y entierro de Juan Avilés

A las seis de la tarde del jueves se practicó la autopsia del cadáver en el depósito judicial, establecido en el Canal, dando por resultado la confirmación de la causa de la muerte por dos heridas de puñal en el pecho de la víctima. En el informe de los médicos forenses se exponía que la herida de Avilés la recibió estando enfrente los dos combatientes y en lucha. Añadían que se apreciaban en el cerebro del interfecto algunas perturbaciones a causa del alcoholismo.

A continuación se veló el cadáver y se llevó a cabo el entierro. La viuda lloró desconsoladamente al recibir el pésame de Juan Martín Moreno, compañero de Avilés, y última persona que le habia visto con vida antes del fatal suceso, y que varias veces se aproximó para volver a ver al difunto.

(Continúa en 4.- Nuevas líneas de investigación)

domingo 29 de enero de 2012

El crimen de la calle de la Sombrerería: 2.- Primeras pesquisas

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El crimen: 1.- El cadáver

2. PRIMERAS PESQUISAS.

El Juez de guardia, Sr. Llombart, avisado telefónicamente del suceso por la Casa de Socorro, no perdió un minuto y se personó inmediatamente en la calle de la Sombrerería. Su llegada calmó por momentos el grandísimo alboroto de la vencidad. Los agentes de la autoridad que habían acudido en el primer momento trataron de resumirle los datos de los que disponían.

Le explicaron que fueron avisados por los vecinos, a quienes alertaron los gritos de los muchachos. Reconocieron al hombre que estaba tumbado en el suelo y, al comprobar que estaba muerto, dieron parte a la Casa de Socorro. Tenía dos heridas, una en la tetilla izquierda que le atravesó el corazón, y otra en el pulmón izquierdo, también mortal de necesidad. Ambas heridas debieron ser causadas por un puñal o daga.

Una de las mujeres que acudieron reconoció en el cadáver a un vecino de la casa señalada con el número 8 de la misma calle, de oficio cochero, llamado Juan Avilés Fernández, de 33 años, casado y con dos hijos, uno de 2 años y otro de 4. Su mujer, que también acudió, confirmó lo asegurado por la vecina.

Parece que cuando ocurrió el suceso estaba en el balcón de una de las casas próximas una señora llamada doña M.C., quien refería que los agresores eran dos, por más que uno no tomó en el hecho más parte que la de estar de observación. Otro vecino tamién se asomó a la calle y vio a un hombre, rodeado de muchachos, a quienes aquél procuraba apartar con las manos para abrirse paso, cosa que al fin logró, emprendiendo precipitada fuga. Esto ocurrió en la calle de la Sombrerería, frente al núm. 21 ó 22. Aquel hombre, que iba bien vestido, pasó por delante de la tienda de ultramarinos que hace esquina a las calles de la Sombrerería y de Argumosa, siguiendo un corto trecho por esta última. Allí le salieron al encuentro el dependiente de la tienda y otro hombre que se supone sea el portero de la casa núm. 7 de la calle de Argumosa. Uno de éstos, o los dos a un tiempo, le detuvieron, hablaron con el agresor algunas palabras y le dejaron marchar por la referida calle, viéndose que torció rápidamente por la del Salitre, desapareciendo por la calle de Valencia. Según las señas que ha dado la señora del balcón y los muchachos que persiguieron al asesino, éste iba decentemente vestido, con chaquet y sombrero hongo de color café. Era alto, fornido y usaba barba corrida.

Mapa actual de la zona de autos

Nadie notó altercado que revelase altercado o riña; antes por el contrario, se aseguraba que el muerto regresaba tranquilo a su casa, según costumbre, cuando le salieron al encuentro dos hombres, uno que le detuvo y otro que le infirió las heridas que le produjeron la muerte; pero lo cierto es que solo resultó comprobada en aquel sitio la presencia de un solo hombre, que debió de ser el agresor.

El dependiente de ultramarinos

El Juez, tras ordenar el levantamiento del cadáver, decidió interrogar en primer lugar al dependiente de la tienda de ultramarinos de la calle Argumosa, quien, según decían, había tratado de detener al agresor. El dependiente responde por el nombre de Vicente Alonso. Interrogado por su señoría, respondíó que, efectivamente, había estado muy cerca del criminal y en muy buenas condiciones para detenerle; pero que ni fue él realmente el que le detuvo, sino otro sujeto, que debió de ser el portero del núm. 7 de la calle de Argumosa. Al verse detenido el criminal, dijo:

-No me detengan ustedes, por favor se lo pido; son cosas de familia, y nada tiene de particular. Después de todo, no ha sido más que una bofetada.

Al oír esto, y creyendo sinceramente que lo dicho por el criminal era cierto, le dejaron en libertad. Vicente Alonso, que es hombre joven y de fuerzas hercúleas, afirmó:

-Si yo hubiera sabido que aquel hombre había matado a otro, no se me escapa. Si lo volviese a ver, es posible que lo reconociera, pero como era de noche, no me fijé mucho en sus señas.

El portero del número 7 de Argumosa

El Juez ordenó traer al portero del número 7 de la calle Argumosa que, según el dependiente había detenido en un primer momento al agresor. El portero ante el Juez negó insistentemente haber intervenido en el suceso y aseguró ignorar el paradero del sujeto que detuvo al asesino en la calle de Argumosa.

El Juez decidió entonces encaminarse al domicilio de la víctima, en el número 8 de la calle de la Sombrerería, principal, cuarto nº 4.

El compañero de la víctima
 
Al llegar a la casa de la víctima, se encontró con el compañero de la víctima, un cochero llamado Juan  Martín Moreno, empleado, como Avilés, en el almacén de coches que D. Julián Moreno tiene establecido en la calle de Alcalá, núm. 2.

El cochero manifestó que Avilés, siguiendo su costumbre, salió de casa a las doce, dedicándose a su trabajo durante toda la tarde y gran parte de la noche. En cumplimiento de su obligación, bajó a la estación del Mediodía, en donde debía esperar la llegada del último tren. Avilés estuvo durmiendo en el interior del carruaje, hasta la llegada del tren; mas como no recogieron a ningún viajero, se retiraron con el carruaje. Al llegar a la Ronda de Atocha, Avilés se bajó del coche para dirigirse a su casa, y él se fue a la cochera.

La viuda de Juan Avilés
 
Seguidamente el Juez pasó a la vivienda y dio el pésame a la viuda de Avilés, Adelaida Montes, de treinta años, que se encontraba en el quinto o sexto mes de embarazo. Estaba acompañada de Regina Avilés y Elías de Diego, hermana y sobrino del difunto, además de numerosas vecinas que habían acudido a consolar a la viuda, pues el matrimonio gozaba de muchas simpatías, y que competían por convencer al Juez que Avilés no era borracho ni pendenciero; como hombre trabajador, gozaba de buena reputación en la casa en donde estaba empleado, y como padre de familia, era muy amante de su mujer y sus hijos, a quienes quería entrañablemente.

Inquirió el Juez a la viuda si sospechaba de alguien que pudiese malquerer a su marido. Tomó la palabra el sobrino, Elías de Diego, para decir que el lunes último paseaba junto a su tío Juan, por la calle de San Bruno, cuando encontraron casualmente al notario de Cadalso de los Vidrios, paisano de Avilés, con quien éste intentó entablar conversación. El notario, en vez de contestar al saludo que Avilés le dirigió, se limitó a decirle: «Yo no te conozco, ni falta que me hace». Estas palabras produjeron mala impresión en Avilés, que no sabía explicarse los motivos que pudiera tener el notario para tratarle con tal desprecio. No obstante, el notario le preguntó después por la calle en donde Avilés vivía, no volviéndose a ocupar más del incidente de la calle de San Bruno.

Tras ello el Juez decidió dar por concluidas las diligencias en el lugar de los hechos, volvió al Juzgado y ordenó enviar exhorto pidiendo antecedentes del notario de Cadalso de los Vidrios, don Pedro de la Vega Martín, de 36 años y natural de Torrijos (Toledo), al parecerle fundada la sospecha del sobrino y de la viuda del fallecido.